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Domingo de Pascua de la resurrección del Señor

Por Fray Pierre Guillén Ramírez, OFM

DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

Hermanos, ¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado! Este es el solemne anuncio que hace hoy la Iglesia en todo el mundo. Lo escuchamos claramente en la primera lectura tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles, allí Pedro, el día de Pentecostés, proclama el solemne anuncio de la resurrección del Señor: «Nosotros somos testigos de todo lo que Jesús hizo en Judea y en Jerusalén.  Lo mataron colgándolo de un madero.  Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver».  La resurrección de Cristo ocupa el centro de la fe de todo cristiano. De hecho, somos cristianos y estamos hoy aquí celebrando nuestra fe después de veinte siglos, precisamente porque Cristo resucitó.  No puede caber duda alguna que Cristo ha resucitado.  Los primeros cristianos tenían una convicción profunda de que «Dios ha resucitado a Jesús de entre los muertos», nosotros, cristianos del siglo XXI también debemos tener la resurrección del Señor como una certeza. Insisto: la resurrección de Cristo es la médula, la esencia, el centro, lo más importante y determinante de la fe cristiana.  No puede alguien decirse cristiano y no creer en la resurrección de Cristo.  Sencillamente no hay fe cristiana sin resurrección. Esta convicción es tan importante para la vida y la fe cristianas que el Apóstol Pablo llegó a decir: «si Cristo no ha resucitado, entonces nuestra predicación no tiene contenido ni vuestra fe tampoco» (1 Cor 15, 14).  Es más, el mismo Pablo afirma a renglón seguido: «Si la esperanza que tenemos en Cristo es sólo para esta vida, somos los más desgraciados de los hombres» (1 Cor 15, 19).  El asunto está claro: la resurrección de Jesús es enteramente central para quienes creemos en él.  Más aún se trata de la cuestión del ser o no ser de los cristianos. Es cristiano quien cree en la resurrección del Señor.

Ahora bien, una vez hemos dejado en claro la centralidad de la resurrección en la fe de los cristianos, conviene preguntarnos: ¿Qué debe significar la resurrección de Cristo para mí? ¿Cómo vivo la resurrección de Cristo en la cotidianidad? Estas preguntas tienen sentido, apreciados hermanos, porque no basta con decir «creo en la resurrección», pero mis comportamientos no lo reflejan. 

Ante todo, es preciso decir que la resurrección de Jesús significa que él no permaneció en la muerte, sino que «sigue viviendo» y, por lo tanto, Jesús es «el Viviente» para siempre. Jesús es el fundamento de nuestra esperanza. ¿Cuál esperanza? Que la muerte, en todas sus formas, que para muchos es irremediable, no tiene la última palabra.  Las aspiraciones, los miedos, las angustias y las ilusiones de la humanidad, han alcanzado en la resurrección de Jesús, el logro pleno. Jesús vive, vence a la muerte, y nos comunica esa vida.  La resurrección de Cristo es un grito fuerte y claro: La vida es más fuerte que la muerte.  Mediante su resurrección, Jesús es la plenitud de lo humano para siempre, el Viviente definitivo, en el que la condición humana, todos nosotros (tú y yo), la estabilidad, la seguridad para siempre y sin limitación alguna por el miedo a la muerte. Con la resurrección de Cristo la muerte no nos aterroriza, porque él la venció, y aunque lleguemos un día al final de la existencia en este mundo, allí no termina todo, por el contrario comienza la vida auténtica en Cristo resucitado. 

Hermanos, cuando uno se toma en serio la resurrección de Cristo y hace conciencia de ella, preguntándose ¿qué significa la resurrección para mí y cómo hago vida este acontecimiento fundante de la fe cristiana en mi diario vivir?, uno comienza a entender a Dios de una manera nueva, como un Padre «apasionado por la vida» de los hombres, y comienza a amar la vida de una manera diferente.  Porque nuestro Dios es el Dios de la vida, no de la muerte. La razón es sencilla. La resurrección de Jesús nos descubre, antes que nada, que Dios es alguien que pone vida donde los hombres ponemos muerte. Alguien que genera vida donde los hombres la destruimos.

Por eso hermanos, una forma concreta de vivir esta fiesta de la Resurrección del Señor es que hoy, a partir de nuestra participación en esta eucaristía, nos comprometamos sinceramente a poner vida donde tantos ponen muerte.  Debemos vivir nosotros una vida también de resucitados, no de muertos. Comuniquemos vida en cada cosa que hagamos diariamente.  Ello se hace dando siempre lo mejor de mí mismo en mi trabajo, en mi estudio, en mi vida familiar y afectiva. Debemos hacer todos los días opciones por la vida, no por la muerte. Uno transmite vida de muchas formas muy sencillas: brindando una sonrisa a los que comparten conmigo su existencia, con actitudes corteses, siendo justos con todas las personas, no excluyendo a los que son diferentes, dando un consejo oportuno y no imponiendo mis criterios personales de forma violenta, sirviendo a los demás con mis talentos y habilidades, siendo agradecidos con todos, fomentando el diálogo, evitando la acepción de personas, es decir, la catalogación de los seres humanos por lo que tienen o por lo que son, etc. Todos estos comportamientos tan humanos y que se pueden poner en práctica todos los días en la oficina, en el colegio, en la universidad, en el hogar, en la calle, en cualquier parte donde nos encontremos y con cualquier persona, son signos concretos de resurrección y de vida.  Estos comportamientos si los ponemos por obra hacen que nosotros seamos comunicadores de vida y no de muerte.  Estos comportamientos tan humanos y tan deseablemente cristianos nos hacen de verdad hombres y mujeres de fe.  Nos hacen «apasionados por la vida», hacen que «pongamos vida» donde otros «ponen muerte». Hermanos, con nuestros comportamientos, con nuestros pensamientos y con nuestras palabras de todos los días, demostremos que creemos en el Dios de la vida, en Jesucristo, el eterno Viviente.  No nos cansemos de comunicar todos los días nosotros también vida y vida en abundancia. 


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